El motivo de su silencio

La encontré sentada en medio del bosque. Pude ver su figura desde lejos aunque su vestido de terciopelo verde se camuflaba casi perfecto entre los pinos y las acacias. Recostada en una piedra, Salomé miraba a lo lejos. Me fui acercando poco a poco y me senté a su lado. No me miraba. Seguía como hipnotizada absorta en sus pensamientos. Le dolía el alma. Creo que no hay dolor más grande que cuando el alma se rompe en pedacitos que se esparcen como piezas de rompecabezas por todas partes haciendo casi que imposible recuperarlos en un todo.

Poco a poco fue soltando sus suspiros al aire y recuperando el aliento y esto fue lo que me contó:

Muchos de los gitanos de su vida habían ido desapareciendo en un periodo relativamente corto. El mundo como lo conocía, había cambiado y los últimos hilos a los que se aferraba, se habían roto por completo. Vio cómo a lo lejos hasta un barco pirata en el que a veces paseaba por el vasto mar, se iba alejando envuelto en una nube de brujas y vampiros que lo absorbieron hasta apoderarse de toda la tripulación. Ella comprendía que la vida cambiaba, que la gente iba y venía, más siendo ella gitana, y por eso se apoyaba tanto en sus otras mujeres con las que compartía historias, pensamientos, risas y lágrimas.

Pero esta vez, la estocada final, fue recibida por una de su propia tribu. Pátina, su amiga del alma, a la que acompañó incondicionalmente en los momentos más duros de su vida y con la que compartía sus sentires y locuras, terminó jugando a ser juez y la traicionó. Después de tanto tiempo compartiendo vida, escogió únicamente lo que no le gustó de Salomé desconociendo el tiempo, las historias, la vida compartida y sin entender el daño que hiciera con sus palabras, terminó por romper con ellas el lazo de hermandad que las unía.

Las palabras una vez dichas, no pueden ser recogidas.

Salomé suspiro de nuevo. Después de contarme el motivo de su silencio, sanó, soltó y siguió. Pero fueron tantas las cosas que le pasaron en un periodo tan corto, tantas las despedidas, tanto lo que tuvo que aceptar y comprender, que estuvo muda mucho tiempo olvidando el don de la liviandad. Hoy ya trasformada en una nueva mujer, madura por el conocimiento que da el paso de la vida, pero conservando esa niña interior que permanece intacta en ella, vuelve a vivir.

Llegar a la meta

Siempre, desde chiquita, quise aprender a hacer de todo. Clases de ballet, jazz, guitarra, tennis, squash, natación, equitación, fotografía y siempre después de aperarme con lo necesario para cada uno de estos aprendizajes, cuando ya sabía hacer cada una de estas disciplinas, cambiaba por otra nueva actividad. Aprendí a hacerlas. Las hacía bien. Pero asi como las comenzaba con toda la energía y las ganas, en el camino parecía que la pasión se iba apagando y nunca estuve motivada para llegar a un nivel superior o competitivo. Es más, creo que siempre tuve miedo de fallar. De no poder hacerlo mejor. De perder. Por eso, volvía a empezar algo diferente y la historia se repetía una y otra vez.

Ahora, ya con media vida vivida, llena de vitalidad, con nuevos sueños y pasiones y feliz y agradecida con la vida y con Dios por todo lo que me ha dado, comenzando por una familia amorosa y un marido que me acolita cada una de mis locuras, regreso a ese momento de querer hacer más. Sólo que esta vez quiero alcanzar la meta y hacer de lo que sea que quiero hacer, algo real. Me explico: todo lo que me propongo, lo hago. Sólo que no lo llevo más allá del simple hecho de haberlo conseguido. No doy ese paso de más para llegar a alcanzar ese deseo escondido de verlo crecer más y más.

Quiero escribir. Escribo. Sé que tengo el talento, el don, la facilidad de expresar en letras lo que quiero. Hago un blog, escribo un par de cosas y me quedo ahí. No avanzo. Me da miedo no tener éxito y paro.

Quiero decorar. Darle luz y vida a espacios que parecen lienzos en blanco. Me imagino cómo se podría lograr un lugar cálido, acogedor, impactante. Pero no me lanzo a pedir una oportunidad o a tomar un curso que me acredite como decoradora. Me contento con jugar dentro de mi propia casa a cambiar muebles de lugar, a jugar con tonos y con detalles.

Comienzo una dieta y nunca la termino.

Y asi, podría enumerar otros más. No cierro. Comienzo. Dejo todo abierto…..sin terminar.

Hoy, iba caminando por el bosque, en un camino recto rodeada de árboles, rocas, con la luz del sol en mi cara y oyendo historias de personas que inspiradas por un libro, habían logrado cambiar el rumbo de sus vidas y habían triunfado. Iba caminando a paso largo y ligero entretenida y admirada por el coraje de estas personas de haber hecho cambios tan significativos en sus vidas, cuando mis pies comenzaron a aligerar el paso y comencé a trotar. Mis pies pisaban suave pero seguros el terreno por el que andaban. Al fondo a lo lejos, ví un árbol de tronco fuerte. Inmenso. Y decidí que esa sería mi meta. Iba a llegar a esa meta por más cansada que me fuera a sentir. El aliento se hizo más difícil. Me sentí ahogar y aunque mis pies seguían andando, mi cabeza me decía que podía para en cualquier momento. Que no me esforzara más. Que podía ser peligroso para mi salud. Esta vez, no quise escuchar ninguna razón. Ni encontrar una excusa para no terminar. Esta vez, quise llegar a mi meta y así como los nadadores tocan la orilla al finalizar cada piscina y dan un bote genial para impulsarse y seguir nadando, hice lo mismo con este árbol. Sin bote, claro está. Pero lo alcancé, lo toqué y así simbolicé el haber llegado a una meta. Haber finalizado algo. Como se debía. Lo hice. Llegué a mi meta.

Mentalmente lo volví un símbolo de lo que quiero seguir haciendo con el resto de mis días. Lograr llegar a mis metas. Cerrar. Por lo alto. Por eso hoy estoy acá de nuevo. Con mis escritos queriendo ser leída. Digo adiós a mi miedo a la crítica. Tengo que aprender a hacer las cosas por mi y no por lo que piensen los demás. Hoy doy nueva vida a esa voz interna que hay en mí personificada en una gitana desparpajada, alegre, coqueta, que habla sin edición, que siente y ríe y vive y sueña y goza. Esa misma que llamo mi Salomé.

La noche y sus demonios

La noche se convierte en terapeuta de cabecera cuando uno no puede dormir.

Es como si ella, en su negra oscuridad, en lugar de hacernos cerrar los ojos para soñar, quisiera ser nuestra maestra de vida entregándonos al Señor Insomnio para que fuera él quien nos llevase a abrir aquel cajón olvidado de los recuerdos dolorosos del pasado.

Llegamos ante éste y al abrirlo, saltan como bestias desalmadas, los momentos que habíamos decidido abandonar ahí en el olvido permitiéndonos de alguna manera descabellada permanecer aferrados a un universo fantasioso, utópico, que antes catalogábamos como épico.

Si. Anoche fue una de esas noches donde el insomnio me llevó de la mano a enfrentarme con mis demonios. Volvieron a herirme como lo hicieron en su momento. Y mientras los revivía una y otra vez, me abrieron los ojos para comprenderlos, combatirlos y vencerlos.

Soy la voz de Prudencia. Dando así de nuevo libertad a Salomé para que pueda volver a bailar con sus pies descalzos, feliz, sin ataduras al ayer. Volviendo a conectarse con su esencia, con su ser.

Tenemos tiempo

Uno de mis hijos no para de cantar. Canta en inglés, en italiano, mama gallo en español. Se levanta tarde porque decidió tomarse un tiempo para arrancar con un nuevo proyecto. Yo casi pongo el grito en el cielo. Lo puse! Pero de nada sirvió. Cuando los muchachos de hoy en día toman una decisión, la comunican. No esperan una respuesta y mucho menos un consejo. Asi que por ahí deambula, de acá para allá, se mete al computador, lo veo trabajando en lo que ahora es su sueño, se levanta, cambia de canción, va a la cocina, abre la nevera, la cierra, sigue tarareando hasta que de un cuarto el otro grita que le baje al volúmen porque está haciendo homeworking y la otra le huye con tal de no ser presa de su tomadera de pelo. Los únicos que lo persiguen por todas partes esperando que les tire una pelota para comenzar a jugar, son Lucas y Rooney, los perros de la casa. Yo, desde la distancia lo veo todo y sonrío. Estamos acá todos juntos por voluntad y porque tocó. Y yo tan acostumbrada a la casa vacía que creía que me iba a enloquecer con la casa llena, estoy feliz.

Siento que todo este resguardo nos ha servido para volver a lo básico.

Los domicilios y las comidas rápidas pasaron a ser preparaciones de recetas nuevas que convertidas en terapias para mí, se han convertido en almuerzos y cenas alrededor de tertulias en el comedor, sin afanes, con conversaciones de verdad y lejos de celulares distractores de la vida familiar.

Tenemos tiempo. Eso es. Ahora las manecillas del reloj van a un ritmo diferente y el stress, desapareció. Ahora tenemos espacio para juntos ver una película, reírnos y hasta para bailar. Tenemos tiempo de leer, de conversar, de jugar, de escuchar, de oír música, de pensar, de estudiar, de reflexionar. Tiempo de valorar esas cosas que creíamos insignificantes y de soltar las que nos parecían tan imprescindibles para vivir. Tenemos tiempo de meditar, de conectarnos a lo espiritual y a lo natural. Tenemos tiempo para lo esencial. Aprovechemos este momento para rencontranos, reinventarnos y priorizar. Para estar en familia y volver a empezar.

Aquel Ego

Miro la pantalla y quedo en blanco. Pienso en el actor que parado en pleno escenario, olvida todo su parlamento. Pánico escénico. Eso es lo que me pasa en el instante en que me siento frente al computador y abro la pantalla para escribir. Sin embargo, denme una noche de insomnio y puedo escribir en mi mente las historias más fascinantes y los poemas más románticos de los últimos tiempos. Pero en lugar de levantarme en medio de la noche, agarrar un cuaderno y un esféro y comenzar a escribir, la cobija de plumas me abraza con tanta fuerza que quedo rendida ante ella y con la esperanza de recordar al día siguiente lo creado, me entrego de nuevo a los brazos de Morfeo despertando al día siguiente con la sorpresa de levantarme y encontrar que mi musa trasnochadora, se ha marchado.

Siento miedo de escribir. Mi Ego se encarga de ser mi mayor crítico. Nunca lo que escribo es suficientemente bueno. Me llena de interrogantes ”A quién le va a gustar esto? – Habrá alguien interesado en lo que escribes?- Tú no eres psicóloga, ni coach, ni nada para hablar con tanta autoridad sobre este tema.“ Y asi me invade de dudas y termino borrando lo poco o mucho que hubiera escrito. Miedo. Ego. Pánico…

Leo sobre el miedo. Miedo que nace por ese ego que tenemos y al que sin pensar, le damos autoridad para frenar cualquier impulso de creatividad que necesitamos soltar. Porque siento es eso. Una necesidad de soltar letras que se conviertan en palabras, que a su vez formen frases y se vuelvan escritos. Quiero escribir sentires, vivencias, pensamientos, deseos, sueños. Soy la única encargada de permitirle a mi ego tal proporción de crítica hasta el punto de inhibirme por completo y únicamente alcanzar una página en blanco producto de escribir, leer y borrar.

Es justo aqui, mientras escribo esto que comienzo a oir un tintinar de monedas de latón que cuelgan de la falda de ella. Ese sonido particular que junto con el pisar de unos pies descalzos crea la melodía fantástica de la llegada de mi Salomé. Dónde estabas?!! Salomé, mi Salomé! Mi loca adorada. Mi yo in-editable llega para recordarme la delicia que es tenerla como parte de mí para darle, con su locura, vida a todo eso que alcanza a pasar por mi mente. Ella con su altivez es en realidad la única capaz de acallar a aquel Ego y dejar salir mi creatividad.

Muchas veces en el afán de la rutina olvidamos ese niño que llevamos dentro. Ese que se asombra por los detalles del día a día y se deleita con las maravillas que tiene la vida. El mismo que con su sencillez, se queda sentado admirando los pequeños grandes detalles que rodean el simple y gran hecho de nuestro existir y el que grita de alegría y baila sin parar. En mi caso, mi niña interior es ella. Salomé. Mi gitana alegre, coqueta y feliz. La que se deleita con las llamas danzantes de una hoguera y goza al ritmo de su propia aventura. Bienvenida de nuevo a mis letras. Hacías falta.

Y mis musas dónde andarán….?

Demonios para los griegos, genios para los romanos y yo, a esos seres míticos para unos y reales para otros, hacedores mágicos de la creatividad, les llamo mis musas.

Si. Creo en las musas. Creo en seres etéreos y en hadas diminutas con alas y vestidos vaporosos que aparecen a soplarme palabras mágicas al oído. Pero últimamente, ando en un problema….no sé dónde están….las extraño!!

Algunas solían sentarse en mi hombro a susurrarme ideas al oído y otras andaban por ahí con varitas llenas de polvo de estrellas, revoloteando apuradas alrededor de mi cabeza rociando con precisión sus letras sobre mí. Unas eran regordetas, con caras de niña traviesa y mirada pícara que hablaban en secreto tapándose la boca para no interferir en las ideas de las demás. Otras eran delgadas, livianas, ágiles y con sólo su presencia, sus ideas me asaltaban. Casi siempre me hablaban de noche cuando estaba comenzando a entregarme al mundo de los sueños y aunque me desvelaban con sus rompecabezas de ideas que lanzaban en forma alocada, nunca se me ocurría agarrar un lápiz y un papel para anotar todo eso que a extrañas horas me dictaban. Eran nocturnas, las condenadas. Luego en las mañanas, me sentaba en mi escritorio frente a la ventana y trataba de recopilar sus relatos que a veces compartía y otras guardaba con recelo en lo más profundo de mi ser.

Ahora que he decidido ya alejar el miedo al fracaso y a la crítica y darle voz viva a mis pensamientos, me siento cada mañana frente al teclado y ya no están. Las busco, las llamo, las espero, las anhelo y ni idean dónde andarán. Estarán seguramente atrapadas en el trabajo creativo de algún otro mortal que no las abandonó como yo.

Mi trabajo ahora es buscarlas, invitarlas nuevamente a mi mundo de esa forma única y mágica, consentirlas, escucharlas y dejarlas ser.

Musas, acá estoy.

Ausente presencia…

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Acá cerquita.  Muy cerquita.  No siento vacío, muchos menos dolor.  Podría decir que lo que siento es una paz infinta que a veces fácilmente podría confundir con frialdad.  Puede uno sentir esto?  O será que en algún momento voy a explotar en llanto de tanto acumular todo el dolor que se siente al perder en apenas un año a dos seres únicos y maravillosos como lo fueron mis papás…? Lloré mucho antes de su partida.  Dos personas que fueron tan activas y tan vitales, verlas cómo se iban apagando con los años que les iban llegando, fue muy difícil.  Duro de entender y aceptar.  Pero vivieron felices, se adoraron, crearon una familia cargada de amor incondicional y gozaron de la vida como nadie mejor lo ha hecho.  Y yo, aprendí eso de ellos.  A vivir con plenitud, a no frenar la vida sino a recibirla como venga, a capotearla con el espíritu en alto, a reir, amar y seguir.  Ellos para mí no han muerto.  Simplemente están en otro estado pero están acá conmigo.  No siento abandono, siento compañía.  No siento tristeza, siento agradecimiento a Dios y a la vida y satisfacción de haberlos disfrutado.  Los siento conmigo a cada instante, los escucho y los sigo aún en ese nuevo estado.  Tal vez fueron tan claros en todas sus enseñanzas, que así como con una mirada lo decían todo, ahora permanecen vivos en mi corazón.  Qué manera más linda de irse, quedándose tan presentes.

Acá estamos mis mujeres y yo nuevamente sintiendo, vibrando, disertando y conversando.  Volvimos después de un par de años de estar algo ausentes.  Esperamos poder compratir nuestros sentires y nuestros sueños con todos ustedes.  Gracias por volvernos a leer.

Al otro lado del espejo


Un espejo, un reflejo, una mirada y una conversación con el alma al desnudo indagando intimidades y sincerándose con el ser que se encuentra al otro lado del espejo.

Puedo pasar horas mirándome en un espejo no tanto por vanidad, sino hablando conmigo misma como quien habla con su mejor amiga.  Y quién si no nosotras mismas somos nuestras mejores amigas. Me miro y me pregunto tantas cosas que hasta a mí misma me da miedo contestar.  Pero nada como sincerarse frente al espejo.  Aquel que nunca miente.

Hoy tomo yo ese espejo en mis manos y en silencio miro su reflejo.  Más de lo que está ahí, mucho más, es todo eso que veo. Veo mi alma que me sonríe agradeciendo cada locura a la que mi corazón tuvo la fantástica osadía de empujarme. La miro, me mira y sonreímos en total complicidad. Es entonces que hablando con ese otro yo del espejo, veo a la mujer madura con uno que otro surco que adorna su cara, producto del recorrido de las manecillas del reloj de la vida.  Montañas rusas recorridas, felicidad plena ante la vida, agradecimiento por cada bendición recibida. Sonrío y la felicito por su labor cumplida.

Al tiempo que esa mujer me mira desde el otro lado, veo en su alma esa niña traviesa que siempre ha vivido en ella y se niega a desaparecer.  Esa que ahora envuelta en telas de colores, con collares largos y pelo alocado, bailando a su propio ritmo con pies descalzos se hace llamar Salomé.  Qué sería de mi vida sin mi Salomé! Esa mujer que no piensa, sino actúa, que se lanza sin temores, que se ríe de sus alcances y cuya imaginacion no tiene límites.  Y ahí a su lado siempre la mano fuerte de su amiga Pudencia, sufriendo cada aventura.  Veo a cada una de mis mujeres rodeando mi mundo y no puedo hacer más que honrarlas en mi existencia.  No.  No me arrepiento de nada.  Todo eso que soy, es por todo aquello que he hecho y he sido.  Solo siento gratitud por la vida, por las oportunidades, por las decisiones, por lo vivido, lo bailado y lo viajado.  Adoro esta aventura que es la vida y solo quiero seguir gozando de estar en ella.  Y espero, que esa niña que siempre ha habitado en mí , permanezca eternamente para no perder nunca la capacidad de sorprenderme con cada detalle que adorne mis días.

Converso conmigo a través de la mirada inquieta y a la vez serena que tengo frente a mi.  Sonrío al recordar el pasado y sueño al imaginar el futuro sabiendo que el presente es lo que tengo ahora para alcanzar cada uno de esos sueños y atesorarlos como recuerdos.  Reflexiones, felicidad, sonrisas, suspiros, de pronto algo de nostalgia y mucha gratitud. Esas, son las cosas que hoy resumen mi conversación con la mujer que está al otro lado del espejo.  Sonrío…. te quiero.

A través de un café

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En mi rutina diaria de cada mañana, entre sorbo y sorbo de café, ojeo libros, apuntes, lecturas.  Hoy parece que cada cosa que pasa por mis ojos a través de mis manos, me envía un mismo mensaje: escribe.

No importa qué, pero escribe.  No importa si es bueno o malo, si tienes éxitos o fracasos, si te leen o no, escribe.  Lo relevante en todo este acto, es dejar que la inspiración hable de la manera que desee, darle rienda suelta a la creatividad que golpea a la puerta de la imaginación y persistir.

Y asi como lo mío es a través de unas letras, a otros será a través de una alquimia de ingredientes preparando manjares, o de un montón de colores que expresan una emoción, de un conjunto de palabras que se agolpan en la mente para ser escuchadas, de un pentagrama con notas musicales, o un momento compartido a través de un lente.

No escuchemos nuestra voz crítica, ni nos dejemos apoderar del afán de complacer a los demás, ni de nuestro miedo al fracaso.  Confiémos en lo que hacemos, dejemos que el impulso que mueve a Salomé, sea ése que nos revolucione el corazón y soltémonos a nuestra propia aventura.

Lo importante a la hora de soltarnos a un mundo de reinvención en una nueva etapa, y diría yo lo importante al hacer cualquier cosa que nos propongamos en la vida, es la dedicación y el amor que le pongamos a lo que nos llena y nos satisface.  Nada más.

Un lugar mágico…

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Toda la sala comienza a oler a eucalipto al tiempo que se oye el chasquido de la leña dejándose seducir por el fuego.  Y yo, estoy acá sentada acompañada por todas las mujeres que me componen, oyendo boleros mientras saboreo el paisaje que me rodea.  Estoy en mi paraíso de piedra, en medio de un bosque.  Mi lugar encantado.  Un lugar mágico que me recarga de energía como solamente la naturaleza sabe hacerlo.

Cierro los ojos para tratar de meditar un poco pero no puedo.  Este paisaje hace imposible dejar de mirarlo.   Asi que con la mirada fija en cada uno de los rincones que lo componen, me voy dejando llevar por una sensación de reencuetro con mi niña interior.  Esa que anda ahí siempre y de vez en cuando se asoma para hacer alguna locura.  A veces creo que esa niña es Salomé.  Una dualidad entre la niña que actúa por impulso y la loca gitana que me libera de las ataduras de la adultez.  Y poco a poco me voy perdiendo en ese verde inmenso de mi bosque sin moverme del lugar en donde estoy sentada.  Camino descalza por entre pinos que con el tiempo han hecho una alfombra suave, acolchada. Me encuetro con una niña vestida de lila que con su sonrisa pícara y traviesa lo ilumina todo.  La siento conmigo en una tabla a forma de columpio adornado con flores que cuelga de la rama de un árbol inmenso.  Nos mecemos y a medida que nos columpiamos veo que mi vestido ahora es verde como mi bosque.  En medio de risas, nos vamos fusionando y ahora somos  una sola.  Me bajo del columpio y me adentro más y más en el bosque hasta que llego a una puerta antigua, de madera, con un candado oxidado en forma de corazón y una llave puesta en la cerradura que me invita a entrar.  Le doy la vuelta a la llave y la puerta se abre de par en par dándome la bienvenida a un salón lleno de libros antiguos con un sillón inmenso de tercipelo rojo que se ve delicioso para sentarse ahí en medio de tantos tesoros escritos.  A un lado, una mesa con un candil y una vela blanca chorreada de cera .  Al otro una ventana que mira al bosque.  Desde la comodidad del sillón, veo una luz blanca que a medida que se acerca va tomando la forma de algo que yo describo como un ser de luz.  Brilla.  Es toda blanca y su vestido se mueve a medida que va avanzando.  Inspira una paz impresionante y aunque no logro distinguir si tiene ojos abiertos o cerrados, sí siento una mirada dulce y protectora.  El ser entra por la ventana, me arropa con sus telas y me da un abrazo que dice todas esas cosas posibles que sólo un abrazo puede decir.  El mensaje es claro “aquí estoy para ti”.  Luego, comienza a desvanecerse… Asi como entró, salió y se vuelve a convertir en una luz que se va achicando a medida que se va alejando.  Me deja sentimientos de seguridad, amor, ternura y tranquilidad.  No me hago preguntas.  Sólo se que pasó.  Abro los ojos que creía no haber cerrado y me veo de nuevo acá, acompañada del calor de las llamas bailarinas de mi chimenea.

Me encanta usar la imaginación y  tener la posibilidad de crear lugares mágicos donde el espíritu se reconecta con la naturaleza, revitalizando nuestra existencia y donde la magia se convierte en la protagonista de la vida haciendo que todo eso que deseamos, se convierta en realidad.

Lo mejor es que al despertar, no sabemos si fue la imaginación la que nos llevó allí, o si el lugar existe de verdad en algún espacio de la inmensa dimensión de nuestro universo.

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